jueves, 28 de abril de 2011
Sobre la canción te meces, oh!
En deditos camino, salteando descansos, dormida en santos, aplasto magullo descalzo angosto tu vientre orgullo de papel. Miriadas de gorriones, correteando con ranas y peces langosta verdes y húmedos, tus pestañas saben bien en primavera otoño estío canela con aroma de madera terciada. Pensé en pintarte un cuadro y dejar de golpearte el pecho con palabras que yo no, ni tengo qué explicar cómo tu suavidad en mis sábanas y tu silencio en el libro con la nariz ruidosa y yo magullante una otra vez, a dónde irías a encontrar tal bestia, a dónde sino en el planetario, junto a los patos, inclinada en interiores sorprendentes, delgada en su suspiro de lana y desde el rubicundo escaparate hablaste miasmas, aburridos, largos anteojos oscuros, hipermetropía, estrabismo, miopía y otros esotéricos procesos oculares que no me asaltaron hasta ahora, parlanchin sinsonante. Desde la armonia heraclitea de los opuestos, donde tú sin yo pueden existir sin lucha ni guerra desmedida, pues padre de todos es, te doy la bienvenida a mi día constante renovación, llama aterna, periplo bonito, miau miau, cancan, cuarzo blanco aquí sobre todo el cuerpecito, sos.
martes, 19 de abril de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
I
Y como poco sabemos del esfuerzo del tiempo por diezmar las rebeliones de lo seres delicados de espíritu, y al no contar con la exactitud del dato que indique su lugar de procedencia, sólo atinaremos a decir que ella se volvió mustia y ajada como el resto de los mortales. Sin ser especial, creyó serlo, y durante años cobijó ilusas esperanzas de trascendencia metafísica que la embriagaban, y en el estado extático de paz se mecía sobre los restos de realidad que bajo ella quedaban difusos, como pétalos marchitos enfilaban siguiendo sus pasos, clamando por atención… la gravedad, la profesión futura, la ética, la ciudadanía, el régimen de convivencia, aquellos espasmos residuales que ante ella surgían deslucidos en comparación con la poesía de un verso maduro que florecía entre sus zapatos desatados. Tan diáfana, pequeña y soberbia, como forúnculos crecen espantosas las dagas de los relojes a su alrededor. Mirá que es tarde, hada de alas de turbias…
Desganada se ata los zapatos, sacude el polvo de las letras aún serenas y sale al hábito negado y aprende que se es desde el olvido de una materia preciosa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)